martes, 14 de marzo de 2017

El personaje que inventó un personaje: mi doble descubrimiento

Ocurrió en Residencia de quemados, novela narrada por mi pseudónimo Elena Hierro Guerrero. Ella fue además mi personaje principal: una mujer resentida con la psicología, y con un carácter especial.   Primero me metí en su cabeza, para lo que tuve que inventar sus ideaspalabras, y junto a estas, esas maneras tan peculiares de ver el mundo. Después, ella ya podía crear a Ruta,  a la que vistió con un montón de ideas descabelladas, con ese carácter indómito, que no deja de hablar de sí misma, y con ese logos añejo-nuevo, con ese idioma necesario para narrar su historia, la de la princesa de los arcanitas. 


Las maneras de Ruta son expresadas con el idioma de la fantasía, y con esas formas un tanto inactuales y agresivas, de su mundo de destierro e imperios, preñado de emociones.
Ambos personajes, Elena y Ruta, sólo pueden comprenderse por sus ideas palabras, por sus maneras y hechos, y con ello hice que mi responsabilidad quedase subrogada.
Una fantasía creó la otra fantasía: cuando un personaje inventado, de su recién nacida cabeza, inventa otro.


sábado, 25 de febrero de 2017

Se acabó mi trilogía... binaria

Quince años de mi vida concluyen ahora con la publicación de mi tercera novela Residencia de quemados. Con esta obra finalizo mi trilogía, la que concebí con una idea fija.
Las tres novelas están escritas con el mismo recurso metaliterario: mantienen una estructura binaria que consiste en que cada una de las novelas contiene otro relato dentro de ella. Este recurso cumple una función estructural y argumentativa. El relato principal de cada novela, la parte "real", contiene otra historia de carácter fantástico.


Para redondear esta trilogía tuve que imponerme un reto, no separar ninguna de las dos partes de cada novela. No fue una decisión fácil, cada historia fantástica cobraba vida por sí sola y, en algún momento, me apeteció que viera la luz pública en solitario. Eran relatos con vida propia, pero no podían existir por separado.
La música de Mahler sirvió para mi concentración, primero sus adagios, y al final, eran la quinta y octava sinfonía las que tomaron el relevo.
En El fósil vivo y en Residencia de quemados me ayudé de un pseudónimo, Elena Hierro Guerrero,   narrador fingido que utilicé, incluso le di el valor de personaje principal. En cambio en La venganza del objeto me hice con el apoyo inestimable de un ser querido, ya fallecido; él escribió desde su tumba el devocionario -el diario fantástico que lleva dentro- con el que quise dar un toque más humano a mi obra.
Por fin acabé esta laboriosa creación... y por fin, puedo escuchar otras músicas.


martes, 14 de febrero de 2017

Ingenio lego de Marcelo Matas: fichero de estilos bellos

Cuando uno lee algo que no sólo le gusta literariamente sino que aprende de ello, necesita compartirlo. Acabada mi lectura de Ingenio lego de Marcelo Matas quisiera hacer un esbozo de alguno de sus bellos relatos.
En el primer relato el narrador, tras fingir ser un caballero, declara "que en los siglos venideros nadie ha de acordarse de mi", finge después conocer a Cervantes Saavedra, a Don Miguel, se pone nada menos que a su altura y al final le arregla "un puñado de versos", un soneto. Sin olvidar lo que envilece "la alabanza propia".
Continúa con una Travesía por el Atlántico hacia las Américas: cuenta la historia de un "mozo de quince años, con toda la vida por delante, embarcado con otros paisanos suyos (...) unido a la fortuna"  que desea soltar un "lastre de añoranza". La singladura del viaje está bellísimamente narrada, aunque lo mejor es la exactitud con la que se cuenta la calma chicha, esa que conocemos tan bien los que hemos navegado. El viaje parece acabarse con la misma historia con la que empezó.
En el pequeño relato titulado Agua de palabras comenta varias veces lo que significa "la piel del libro".  En sus páginas podemos leer los diferentes estilos que puede adoptar un buen relato: "Repasas las páginas marcadas, eliges la frase que más se ajusta a la sensación que te acaba de causar la lectura, al poso entretenido, cómodo, reflexivo, trágico, épico, lírico o indiferente -esos son algunos de los estilos que apunta Marcelo- que se te va a quedar ya para siempre pegado a la memoria..." Magnífico cuento que termina como empezó, con un repudio a quien tira los libros.
En Gesticulando voces trata la polifonía. Establece un coloquio corto entre personajes con distinta voz, alguna imaginaria.
En Por la piel se centra en un único acontecimiento, en un magnífico recuerdo. Describe con exactitud el puñetazo continuo, parecido a la aceleración continua, si ello fuera posible.
En Al final el silencio el autor se pone "patafísico" y habla de lo que realmente importa, la muerte, que el autor no desea, ni por accidente, ni por asesinato, ni suicidio. Todos estamos o somos "premuertos". Capta un pensamiento filogenético al establecer que "las ideas nunca son de uno (...) flotan en el aire...". Reconoce que cada vez que alguien se muere se le acaba el mundo, "es el fin del mundo para quien se muere". Por último cuenta con abrasadora belleza lo que debe sentirse antes de reventarse contra el suelo, en ese instante en el que se piensa muy deprisa, "para pensarlo todo".  Sólo quedará el silencio.        
Relatos magistrales y mágicos para leer detenidamente.

domingo, 12 de febrero de 2017

Todos los recuerdos son falsos, hasta que son novelados

Sólo existen los recuerdos cuando son novelados. No es posible entenderlos de otra forma. Es necesaria la palabra para que los recuerdos sean... simplemente comprensibles; de esa manera, al expresarlos embellecidos con la interpretación de la mente, adquieren -los recuerdos- su calidad de modelos, de metas o propósitos y son capaces de explicar el pasado. Ya construirán después el presente, y sobre todo, será desde los recuerdos desde donde surgirá un futuro.



A la Historia, le ocurre algo parecido a los recuerdos. Cuanto más novelada sea la historia más capacidad tendrá para cumplir su cometido: ayudar para que el presente sea más rico y fructífero.
Imaginar el pasado -la historia-, incluso fantasearlo, o rellenarlo de palabras, también  podrá mejorar nuestras perspectivas de futuro, y con ello, dar un empujoncito al  presente, ese que siempre se había conformado con ser el hijo incómodo del pasado.
Por esta razón la novela histórica es más abundante de lo que se piensa, porque toda historia es novelada y no podría ser de otra manera.
A los hechos les pasa lo mismo ¡pobres!, precisan ser novelados, si quieren existir.
¿Y los personajes?... ni más ni menos, solamente podrán adquirir dicho privilegio -abandonar su estado de papel- si son transformados en carne de palabra.
Por último, la fantasía, el mayor logro de los humanos, será fantasía exacta cuando sea novelada.
Pondré algún ejemplo de lo que quiero decir: cuando un miembro de un matrimonio cuenta episodios sueltos de su experiencia, nadie podría comprender lo que ocurre realmente dentro de la pareja sin   un relato ampliado (novelado) que explique las desavenencias o la íntima comunión entre ambos.
En el cine tampoco puede el observador conformarse con la película incompleta; el film postmoderno con un final abierto siempre deja insatisfecho. ¡Vivan las películas con finales redondos! En general
¡vivan las redondeces!
Con "novelado" quiero decir narrado con coherencia para que el relato adquiera un significado.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Del trampantojo al "trampancoco"

El trampantojo pretende engañar al ojo construyendo un mundo ilusorio. Es un artilugio que contiene una persuasión, un hacer creer, que no tiene por qué ser falso: es una ilusión óptica que además, en muchos casos, contiene un mensaje, como por ejemplo en el cuadro del catalán Pere Borrell del Caso titulado "Escapando de la crítica" de 1874 y que se encuentra en la exposición del Prado "Metapintura. Un viaje a la idea del arte". El muchacho sale del cuadro y se escapa, tal vez de la crítica, o tal vez de los límites del cuadro. 


Se me ocurrió, hace años, una analogía entre la pintura y la literatura e inventé un concepto: el "trampancoco". Con él pretendía ocasionar un engaño en la mente del lector. Motivo por el que escribí una novela que representaba una fantasía tan real que asustaba, titulada El fósil vivo. El "trampancoco" consistía en confundir al lector hasta tal punto que donde había fantasía sólo viese realidad. Mi fósil parlante parecía tan real como su cuidadora. En su portada necesitaba colocar un trampantojo,  que materializó mi amiga Victoria Ocio. Me encantó introducir un  trampantojo en un "trampancoco", o viceversa.


miércoles, 14 de diciembre de 2016

¿Quién manda en el escritor?

El escritor no vive solo. En la casa del escritor viven un montón de amigos, como si fuesen fantasmas, que no se cansan de contar historias, de analizar la situación y de involucrar al escritor en odiosos juicios de valor.
Me refiero a los personajes que cada noche se meten en mi cama y no me dejan dormir: no paran de contarme sus pensamientos, para intentar doblegarme y así incitarme a que no los deje de lado. ¡Qué pesados! Todos los personajes quieren ser más.
La potencia de los personajes se encuentra en la fuerza de su prosa, o lo que es lo mismo, que sólo mantienen la fuerza que yo les presto.
Mis personajes han realizado tareas increíbles, han construido imperios y se han apuntado a revoluciones, pero siempre atendiendo a un logos configurativo, el logos que mi mente les proporcionó.


El escritor necesita olvidar ciertas hazañas de sus personajes si quiere descansar por las noches, o extirparles su vida propia, para que así dejen de prodigarse, tan activos en la mente de su creador. En la cama no queda más remedio que desestimar el rostro de los personajes, o darle un manotazo a alguno en plena cara para que se retire.
Pero ¿cómo vivir sin la sombra de esos personajes? ¿cómo quitarle la sábana a esos fantasmas y desenmascararlos?


Acaso Ernesto Sábato pudo hacerlo con Pablo Castell, su protagonista de El túnel, o por poner algún ejemplo más, Perez de Ayala pudo descansar en su cama sin las disertaciones metafísicas de Belarmino y sin la envidia casi patológica de Apolonio. También Miguel Espinosa, antes de morir tuvo que matar al Eremita, el personaje principal de Escuela de mandarines. Yo, por el contrario, me conformo con mantener el orden en mi cama, y tengo que leerle la cartilla constantemente a Ausonio, mi Fósil vivo, y sobre todo a Don Modesto Bauer, que no deja de prodigarse en mi cabeza, ansiando que le escriba la segunda historia, deseando volver a resucitar mi Primer Decente, tan escrupuloso en su decencia. Hay que intentar que estos personajes descansen, que dejen de ser prolíficos, que paren de hacer cosas con las palabras, que dejen de vaciar la mente del escritor, que se callen porque su momento de gloria terminó.

lunes, 24 de octubre de 2016

La memoria narradora

Quien se enfrenta con ansiedad a la hoja en blanco parece que su problema es la carencia de método, o lo que es lo mismo, que no sabe de la existencia en la literatura de lo que llamamos método. El escritor que teme la hoja en blanco es el que nada tiene que contar.
En contraposición, la experiencia es el mar en el que navega toda narración. Será preciso, por tanto, buscar en la memoria los argumentos y los hechos narrativos. Sólo es preciso mirar a la experiencia para que se te vengan encima todos esos acontecimientos que deseas narrar, por supuesto, utilizando el orden como único recurso narrativo. Podemos decir entonces, que lo que no puede incluirse en una novela no existe. ¿Alguien creería que hubo un romano que quería ser ascensorista? ¿A qué no?


Las novelas, por eso, podría decirse de ellas que todas están basadas en hechos reales. Pero el orden de los acontecimientos parece ser el único condimento. ¿Podíamos afirmar que todo lo que existe en la memoria pasa a la narración? Claro que sí. Y después se puede decir que la memoria -toda- se trasforma en fantasía, y concluir, entonces, que la memoria es el órgano de la imaginación, de la fantasía.
La hoja en blanco, ese mito, sólo existe para los que no miran a la experiencia, para los que carecen de memoria, para los que no tienen la memoria narradora. Ese es el método, mirar a la memoria.