viernes, 30 de junio de 2017

Novelas para ser leídas en voz alta

La novelas en épocas anteriores se escribían para ser escuchadas. Era norma conocida que una persona, bien escogida por sus dotes de lectura, se rodeara de escuchantes y les leyera con su buena voz. La razón no era sólo que la lectura fuera una capacidad menos extendida, sino que dichas novelas habían sido concebidas para ser leídas, de ahí la musicalidad de las palabras como recurso de la narración.

                                          La lectora de Cosme San Martín. Foto: Wikipedia

Así empecé yo en la escritura, con una idea preconcebida: la de la novela escrita con ritmo, con ritmo musical, con ese ritmo que envuelve a la palabra, y después, esta arrastra al párrafo inundándolo de esa  musicalidad. Con esta motivación en mente escribí mis primeras novelas: sólo las imaginaba para ser leídas en voz alta, en abierto, para ser escuchadas por múltiples lectores. La motivación siempre se muestra previa a los posibles efectos que provoca: las novelas ya no son leídas en voz alta.
La música formaba parte integrante de mi creación, por eso, cada vez que empezaba a escribir una novela, se creaba en mí una necesidad superior: no podía escribir sin esa música inspiradora. Incluso cada principio y cada final de capítulo tenían su propia sonoridad, como si cada párrafo atendiese a su propio contexto musical.
Pondré dos ejemplos, uno sacado de El fósil vivo y otro de Residencia de quemados.
En El fósil vivo, que recrea un futuro imaginado, en una tierra llena de peregrinos y alacranes, futuro imaginado, sí, pero con las telarañas del más añejo pasado, con ese lenguaje sofisticado tan lleno de imaginación, encontré ese marco musical apropiado, la ópera de Strauss La Mujer sin sombra. Una ópera cuyo libreto también rebosa fantasía. Esta música, que tiene un efecto evocador, me ayudó a concebir a mi Ausonio querido -el personaje principal-, y cada vez que sonaban sus acordes, le veía correteando por "The Art Institute of Chicago", buscando su público, es decir, cualquiera que le escuchase sus magníficos relatos; alguien podría alegar que las analogías con las escenas de la ópera pueden parecer un tanto forzadas, pero no es así, simplemente son analogías formales: la imaginación o la fantasía de la ópera viajan por su cuenta en la mente del escritor y de esa forma le vienen a la cabeza los distintos episodios, o las imágenes; aún hoy, cuando escucho sus arias, siento a mi Bauer llorando al imaginar su futuro, siempre tan trágico.
Puede parecer que con esta explicación musical revelo mis fuentes, pero ¿acaso escuchar una determinada música produce los mismos sentimientos en otros escritores? No, la imaginación y las imágenes que esta provoca son intransferibles y personales, somos sus únicos propietarios. La mujer sin sombra es patrimonio de todos, pero no así sus evocaciones.
Por ejemplo: ¿cómo puede evocarle a alguien, esta ópera, la imagen del "eterno victimado", el perenne crucificado? Es fácil imaginar a Cristo en su cruz, pues forma parte de nuestro acervo cultural. Más difícil es establecer la imagen de unos peregrinos que donan su piel para encuadernar un libro, el sacrotocho, ese que fue encuadernado en piel de peregrino. Pero mucho más extraño, aún, es la evocación de estas imágenes tras escuchar la obra de Strauss. 
En Residencia de quemados, el segundo ejemplo, la fantasía se propone ayudar a la realidad, quiero decir, que en esta novela la imaginación tiene que servir para algo -el personaje imaginario de Ruta debe viajar al presente para ayudar a Clara en sus aciones mundanas, para infundirle fuerza en su carácter, además debe contagiar esta fuerza a todos los psicólogos-; para este nuevo anhelo en el que la imaginación presta su servicio a la realidad, debí escoger una música capaz de aunar la dulzura de Clara con la contundencia de Ruta. Mahler era mi candidato, sobretodo la décima sinfonía, y sobremanera, su adagio. El problema estaba en mi cabeza: los mismos acordes debían decorar dos discursos antagónicos, el de Ruta y el de Clara.
La emoción de Mahler debía funcionar tanto en las palabras, siempre biensonantes, de Clara como en la actitud guerrera de Ruta. Mahler escondía un tambor de guerra frente a los que piensan que sólo posee un sonajero de amor. ¿Cómo es posible esta dualidad? La dualidad existe porque el sonajero esconde un tambor ansioso por la libertad, para que todos los lacayos del mundo se desencastillen, para que abandonen su yugo. La dulzura de Ruta es tan incontestable como la de Mahler, aunque más hogareña... más casera.
Tuve que darle órdenes a mi cerebro, y ponerme duro: mi mente sólo parecía demandar la música de la película El último Mohicano para la princesa guerrera Ruta. El tambor se adueñaba de mi cabeza, al tiempo que la dulzura no cesaba en su empeño por mostrar su existencia, pero la buena música hace eso, decora la narración al antojo del autor.
Si las palabras de Ruta suenan a golpe de tambor marcando el ritmo de su sen, en cambio, Clara, con la dulzura extrema de sus palabras compaginadas con el adagio de Mahler, parece que nunca alcanzará el cambio al que Ruta quiere obligarla.
Los diferentes tonos de la narración, pese a sus diferencias, no son en absoluto excluyentes, y a cada tono parece tocarle un instrumento:
Ruta con su repetitivo tambor.
Clara con su violín de dulzura casi ofensiva.
Mi narradora con la fuerza de la unión de todos los instrumentos -Mahler consigue eso como nadie-será quien destile coherencia entre la diversidad de tonos y de instrumentos. Mi narradora adora la exactitud y la contundencia.
Las fórmulas de la novela -los pensamientos que destilan sus personajes-, sonarán acorde con su instrumento, para que el lector no se equivoque: sonará el tambor, al lado de un violín llorón para acabar con la orquesta completa de mi narradora, que todo lo quiere juzgar. Ella aúna el violín con el tambor, los que armonizará después con toda la orquesta.

sábado, 3 de junio de 2017

Las muñecas rusas: el mecanismo para abrirlas

Los escritores no parece que tengamos acceso a formas muy novedosas para construir personajes. Podríamos nombrar algunas maneras clásicas de inventar personajes. Resulta una paradoja que, a pesar de estas limitaciones a la hora de construirlos, no existan dos novelas iguales. Todas las novelas son diferentes. 
Por muchos estudios que caigan en nuestras manos, al final, el escritor no tiene más remedio que tomar decisiones difíciles, como por ejemplo, ordenar las anécdotas, los rasgos y las diferentes cantidades de virtudes de sus todavía invisibles personajes: cuánta astucia, qué cantidad de valentía, o cuánto de cobardía deben ostentar los personajes.
Por mucho que el escritor se esfuerce éste no tendrá premio, ya que, al final será el lector quien construya el relato con toda su ficción, y parecerá que el anterior esfuerzo por dar forma al personaje es infructuoso.
En Residencia de quemados tuve una idea sobre cómo construir los personajes. Se me ocurrió un nuevo modelo para crearlos, para construirlos de manera eficaz. Pensé hacer una analogía entre los personajes y las muñecas rusas. Esas muñecas que contienen dentro otras muñecas, más pequeñas. Por ejemplo, necesitaba algo que modificara la actitud de Clara (personaje central de la novela), algo que la zarandeara, que la despertara de su indolencia y para ello metí en la primera muñeca cuatro personajes secundarios, mis cuatro enfermos quemados.


Posteriormente, se me ocurrió inventar un personaje con todas las virtudes que la nueva Clara necesitaba, y por si fuera poco, este nuevo personaje llamado Ruta se enmarca en una apocalíptica misión para la que precisa sacar de su imaginación el Relato total, un libro que debe escribir desde sus hazañas y aventuras; en definitiva, el Relato total se trasforma también en personaje: ¡Qué hallazgo!... un libro que vive como un personaje. El Relato total y Ruta tienen los mismos atributos y son inventados para modificar la conducta de Clara, para cambiarle esa indolencia que padece por su pasado. Me percaté de que necesitaba un continente todavía mayor y me inventé un pseudónimo, Elena Hierro Guerrero, la última muñeca rusa que contiene a todas las demás.
La muñeca de Ruta fue la más difícil de crear. Tuve que inventar toda una ontología ficticia, a su medida, una manera de hablar, un logos poderoso y sobre todo, unas mañas con las que luchar. Esta  complicada muñeca rusa debía contener también toda la fantasía del Relato total. Ruta activa el mecanismo que abre las muñecas rusas de Residencia de quemados.

martes, 9 de mayo de 2017

El plagio fantasma, o inconsciente: el preplagio

¿Se puede plagiar una obra antes de ser famosa?  Se podría, pero desde luego sería un preplagio.
Esta idea me surgió una mañana en The Art Institute of Chicago. Estaba admirando el retrato de Picasso pintado por Juan Gris. Es una obra pionera del cubismo del siglo XX. En el retrato se halla un rostro en total descomposición, a la manera cubista. Magnífica pintura para recapacitar sobre el plagio de la obra. Evidentemente en el retrato se encuentran ya los logros cognitivos del cubismo. Pocas personas, si hacemos una lista de los mirones comunes, son capaces de admirar el retrato de Juan Gris, ya que Picasso parece que aglutinó todo el protagonismo y admiración. Sin saber mucho de pintura se puede llegar a la conclusión de que se trataría de un plagio fantasma, inconsciente, (al revés que adrede);  en cambio cualquier tosco espectador gritaría, como hace siempre"¡no hay nada nuevo bajo el sol!", porque aparentemente todo ha sido inventado antes. Este hecho obligaría al genio a encontrar la excelencia y originalidad de su obra en el momento adecuado. Dicho de otro modo, el genio tendría que ser capaz de ordenar, catalogar o exaltar lo que ya está en el acervo cultural de la civilización.

Algunos creen que una vez entendido el método y las maneras de ver la realidad, todo lo de más sería una simple repetición. Equivocados están: es fácil plagiar la levedad, pero es imposible plagiar la profundidad. No parece que ser propietario de las maneras de echar un vistazo sea suficiente; parece preciso además saber qué es prioritario mirar. Eso es lo excepcional.


sábado, 15 de abril de 2017

Mis quemados siguen vivos: ¡pobres!

Mis tres quemados favoritos no acaban de morir. Parece que una vez  que han sido creados se resisten a desaparecer.
Se me hacía imposible que ciertas personas prestaran sus dolencias para que yo las convirtera en personajes. Fueron muy generosas conmigo, aunque es verdad que tuve que exagerar sus daños psicológicos para que dieran la talla. 
1) Mi monológico chipirón (Máximo Alegre) representa la astucia encubierta; es el ser que se esconde tras el silencio, miente sin remedio, y se me presentaba difícil de curar. Pese a su avería cognitiva intenté introducirle un halo de simpatía, lo que me fue complicado a causa de lo mucho que este tipo de individuo incomodaba mi existencia. Le tenía comprensible tirria a cualquier monológico que se cruzaba en mi vida. Así era esa bestia silenciosa, y personalmente le tenía tanto asco como miedo. 
2) Sazonado Corazón (Ángel Torrado) era el hombre con la dolencia más odiada por mi, la que propugna el amor químico, y exclusivamente carnal. Enfermedad que tan mal soporta la racionalidad. Algo semejante a la fuerza del enamoramiento por el poderío de una pasión que puede coagularse, al usarla con exceso roce, y sin la autoridad del raciocinio.
3) Sebastian (el hombre de oro) no parecía contener una dolencia muy extrema; mi personaje se movía por cuestiones crematísticas, era un hombre apegado al patrón oro, sólo por esa motivación sería capaz de actuar. No lo tenía como un gran enemigo, simplemente me repugnaba que hiciera caso omiso a otras facultades queridas por mí, más relacionadas con el pensamiento, como la literatura o la filosofía.
Tras definir sucintamente a mis tres quemados principales, con sus respectivas patologías, me dedicaré a explicar mi mapa de la fantasía.

¿Cómo fue posible que de esas tres dolencias mentales, aparentemente vulgares, nacieran tres grandes imperios casi mágicos? Eso lo consiguió mi imaginación, después de inventarse mi personaje estrella, Ruta, que se moverá por esos tres mundos, con tal destreza que parecen creados para ella, para que con sus infalibles mañas los destruya, con su inapelable fuerza. Son tres imperios: La Sima de los Bestiarios, Bucolitas y Tierra Negocia. Fue fácil tarea, después, adjudicarle un imperio a cada una de las tres dolencias psíquicas.
En mi mapa imaginario surgió Arcano; así se llama el mundo en el que creció La princesa Ruta, el mundo en el que ella acumula toda las fuerzas, su agresiva mirada insobornable y todo su odio, que incluye a su Dios, ese "que se esconde tras una nube". De Arcano extrae Ruta toda su fuerza, su rabia, y ensañamiento hacia cualquier debilidad. Me hacía falta su odio exagerado para atacar con él a los tres imperios; o lo que es lo mismo, mi odio se me hacía insuficiente.
La estructura parece simple: primero Ruta se presenta en cada imperio, después, hace sus cálculos para atisbar cómo desencastillar a sus merodeadores, quienes serán muy adictos a sus respectivos emperadores. Para alcanzar su meta deberá emprenderla contra todos los lacayos con su logos bien dispuesto, más algún que otro mamporro táctico, con más o menos esgrima.
La Sima de los Bestiarios es la más grande hondonada que podamos imaginar, tan sólo repleta de silencio monológico, algo que Ruta, tan aparentemente simpática, odia, pues para ella, el que calla siempre miente. Para que los bestiarios abandonen la sima ella provoca un naufragio boca arriba. 

En Bucolitas donde nadie deja un coito por cumplir, Ruta la emprende contra los encantos de la gran ciudad. Utiliza esa vehemencia un tanto rural y ñoña contra los ciudadanos de Civilitas que se apelmazan unos sobre otros, en esos edificios modernos, "habiendo tanto espacio como hay en el mundo".

Tierra Negocia es La Martingala, el mundo de las subcontratas, un mundo en el que fluye el oro tras un sinfín de transacciones. La Martingala está repleta de hombres prácticos, que sólo se mueven por su afán propio, obsesionados con repletarse los bolsillos; nada existe en La Martingala que se parezca a la moralidad de Ruta.

Toda la historia de Ruta será contada por ella misma, en el marco de una utopía rural que creé con doce familias, que habitan el campo con una única propuesta: el trueque de productos, alimentos y demás enseres. Esa fue la motivación que tuve para mi novela: plasmar la realidad de mi personal utopía y trasladarla con toda mi imaginación a la novela.
Acabo de comentar la estructura de Residencia de quemados, parece que he escrito un mapa para la lectura de la novela y no era esa mi intención. Esto parece un cómo lo hice. Lo que quería era explicar cómo a los tres quemados les cuesta morir: no se dejan, no abandonan al escritor cuando han sido personajes con fuerza. En definitiva, quieren instalarse en el sueño del escritor.

martes, 14 de marzo de 2017

El personaje que inventó un personaje: mi doble descubrimiento

Ocurrió en Residencia de quemados, novela narrada por mi pseudónimo Elena Hierro Guerrero. Ella fue además mi personaje principal: una mujer resentida con la psicología, y con un carácter especial.   Primero me metí en su cabeza, para lo que tuve que inventar sus ideaspalabras, y junto a estas, esas maneras tan peculiares de ver el mundo. Después, ella ya podía crear a Ruta,  a la que vistió con un montón de ideas descabelladas, con ese carácter indómito, que no deja de hablar de sí misma, y con ese logos añejo-nuevo, con ese idioma necesario para narrar su historia, la de la princesa de los arcanitas. 


Las maneras de Ruta son expresadas con el idioma de la fantasía, y con esas formas un tanto inactuales y agresivas, de su mundo de destierro e imperios, preñado de emociones.
Ambos personajes, Elena y Ruta, sólo pueden comprenderse por sus ideas palabras, por sus maneras y hechos, y con ello hice que mi responsabilidad quedase subrogada.
Una fantasía creó la otra fantasía: cuando un personaje inventado, de su recién nacida cabeza, inventa otro.


sábado, 25 de febrero de 2017

Se acabó mi trilogía... binaria

Quince años de mi vida concluyen ahora con la publicación de mi tercera novela Residencia de quemados. Con esta obra finalizo mi trilogía, la que concebí con una idea fija.
Las tres novelas están escritas con el mismo recurso metaliterario: mantienen una estructura binaria que consiste en que cada una de las novelas contiene otro relato dentro de ella. Este recurso cumple una función estructural y argumentativa. El relato principal de cada novela, la parte "real", contiene otra historia de carácter fantástico.


Para redondear esta trilogía tuve que imponerme un reto, no separar ninguna de las dos partes de cada novela. No fue una decisión fácil, cada historia fantástica cobraba vida por sí sola y, en algún momento, me apeteció que viera la luz pública en solitario. Eran relatos con vida propia, pero no podían existir por separado.
La música de Mahler sirvió para mi concentración, primero sus adagios, y al final, eran la quinta y octava sinfonía las que tomaron el relevo.
En El fósil vivo y en Residencia de quemados me ayudé de un pseudónimo, Elena Hierro Guerrero,   narrador fingido que utilicé, incluso le di el valor de personaje principal. En cambio en La venganza del objeto me hice con el apoyo inestimable de un ser querido, ya fallecido; él escribió desde su tumba el devocionario -el diario fantástico que lleva dentro- con el que quise dar un toque más humano a mi obra.
Por fin acabé esta laboriosa creación... y por fin, puedo escuchar otras músicas.


martes, 14 de febrero de 2017

Ingenio lego de Marcelo Matas: fichero de estilos bellos

Cuando uno lee algo que no sólo le gusta literariamente sino que aprende de ello, necesita compartirlo. Acabada mi lectura de Ingenio lego de Marcelo Matas quisiera hacer un esbozo de alguno de sus bellos relatos.
En el primer relato el narrador, tras fingir ser un caballero, declara "que en los siglos venideros nadie ha de acordarse de mi", finge después conocer a Cervantes Saavedra, a Don Miguel, se pone nada menos que a su altura y al final le arregla "un puñado de versos", un soneto. Sin olvidar lo que envilece "la alabanza propia".
Continúa con una Travesía por el Atlántico hacia las Américas: cuenta la historia de un "mozo de quince años, con toda la vida por delante, embarcado con otros paisanos suyos (...) unido a la fortuna"  que desea soltar un "lastre de añoranza". La singladura del viaje está bellísimamente narrada, aunque lo mejor es la exactitud con la que se cuenta la calma chicha, esa que conocemos tan bien los que hemos navegado. El viaje parece acabarse con la misma historia con la que empezó.
En el pequeño relato titulado Agua de palabras comenta varias veces lo que significa "la piel del libro".  En sus páginas podemos leer los diferentes estilos que puede adoptar un buen relato: "Repasas las páginas marcadas, eliges la frase que más se ajusta a la sensación que te acaba de causar la lectura, al poso entretenido, cómodo, reflexivo, trágico, épico, lírico o indiferente -esos son algunos de los estilos que apunta Marcelo- que se te va a quedar ya para siempre pegado a la memoria..." Magnífico cuento que termina como empezó, con un repudio a quien tira los libros.
En Gesticulando voces trata la polifonía. Establece un coloquio corto entre personajes con distinta voz, alguna imaginaria.
En Por la piel se centra en un único acontecimiento, en un magnífico recuerdo. Describe con exactitud el puñetazo continuo, parecido a la aceleración continua, si ello fuera posible.
En Al final el silencio el autor se pone "patafísico" y habla de lo que realmente importa, la muerte, que el autor no desea, ni por accidente, ni por asesinato, ni suicidio. Todos estamos o somos "premuertos". Capta un pensamiento filogenético al establecer que "las ideas nunca son de uno (...) flotan en el aire...". Reconoce que cada vez que alguien se muere se le acaba el mundo, "es el fin del mundo para quien se muere". Por último cuenta con abrasadora belleza lo que debe sentirse antes de reventarse contra el suelo, en ese instante en el que se piensa muy deprisa, "para pensarlo todo".  Sólo quedará el silencio.        
Relatos magistrales y mágicos para leer detenidamente.